Invierno con espinas

Tú: Pájaro cantor al que, sin querer, cansé... la voz. Yo: Corazón a medio hacer al que llamaste invierno, sin saber lo mucho que duele ver el verano (que ya no es mío) en ojos de otros. Tú y yo. Tú. Yo. Y sí, bajando la voz en esa "y", o bien recalcando que a tu "tú" y a mi "yo" nos separa algo más que un punto. Porque ahora somos nosotros quienes paseamos una sonrisa de cartón, de esas que se quedan en mueca y que no llegan a los ojos nunca, de esas que se queman con facilidad y después de todo sólo dejan gris ceniza. Nos hemos vuelto de esas personas que no cierran el corazón los días de tormenta y dejan que la mente se le empape de tristeza. Y todo porque nos duelen las heridas y ya no podemos arrancarnos, el uno al otro, las flechas que un día fueron sólo espinas.

Gritos de soledad ahogados en palabras de desamor

Buscaré otras manos, como las tuyas, que intenten despojarme de las preocupaciones sin conseguirlo nunca. Y es que estoy estoy tratando de buscarnos en este vaivén de palabras en el que no hacemos más que perdernos. Pero ya lo he dicho: Puedo intentar arrancarte del pecho y encontrar otras a las que no pierda el rastro en cualquier línea. Otras que no puedan desnudarme en su poesía y tengan que sacarme las ganas de follar a lametazos. Y es que no pienso remover más aire, en busca de palabras que ya no son pero tampoco fueron. Porque no quiero verte más en mis bocetos tristes, ni en las muchachas sin rostro que despojadas de ilusiones son ahora pájaros sin alas. Porque no voy a seguir escribiéndote, ni perdonándote, para intentar hacerme entrar en una razón que no tengo, ni quiero tener. Porque estoy cansada de oírte hablar de soledad, a ti, que me dejaste dormir en la boca del lobo, medio desangrándome, medio recordándote. Y es que, amor, estoy demasiado enamorada de la noche y a veces olvido que sus estrellas ya no me conceden milagros.

Lejos de esta cárcel llamada corazón

Me conociste más como a ilusión que como a mujer. Yo te conocí más como yo que como tú. Y es que veo más de mi dolor en tu mirada que en la mía, quizás estás muriendo, quizás te estoy matando. Tal vez habría sido mejor, para aquel entonces, habernos arrancado las entrañas el uno al otro en vez de entregar nuestros inútiles cuerpos a la vida que no supo más que respondernos con evasivas. Haber muerto desnudos pidiéndonos un perdón que ya teníamos, y condenarnos a una paz, que, al menos, yo, no merecía. Y en vez de eso nos evaporamos y dejamos tras nosotros un rastro de niebla en el cual ocultamos un adiós más parecido a una promesa de nunca volveremos. Nunca. Y es que tanto en vida como encarnada en el fantasma de la mujer que nunca fui... esto, y lo siento, me sabe igual; a poco. Y podría volver a arrastrarte a mi jaula sin que pusieras pegas, pero me conformaré en ver como otras curan las heridas que ahora cobro, poco a poco, y te las curan más por fuera que por dentro. Pero da igual. Estuvo bien amarte a través de la grieta de mi mente. Y tranquilo. No volveremos. Juntos. Aquí. Nunca.

Escribir sobre amor y otras formas de perder el tiempo

De alguna manera siempre lo supe, ella no era de nadie, siquiera suya, y menos mía. Ella era una obra de arte de autor anónimo perdida en alguna pequeña galería. Y yo era su amante de carne y hueso, aquel que la miraba atentamente desde la distancia. Por horas aquel que la contemplaba, con cada imperfección, cada arruga, cada gesto. Y aún así nunca pasó inadvertida, porque de nuevo me encontraba allí, perdido, frente a ella, como si fuera la primera vez que la veía.

¿Y no es loco, acaso?

Quien te hubiera abrazado tuvo mi mundo en sus brazos

Eres paz que no espera. 
(eres otra batalla perdida)

No eres tiempo ni constancia. 
(eres efímera bajo mi mirada.)

Y si me tiendes la mano no esperas. 
(creyéndote nada cuando eres el todo)

Mientras hablas de paz que desconoces. 
Siendo tú, la única que conozco.

Eras artista y yo tu lienzo

Tal vez ella no era artista, 
pero creaba con sólo una mirada.
 Me creaba incendios, 
diluvios o días soleados,
inviernos fríos y no tan fríos, 
y, ocasionalmente hasta días de verano. 
Sobretodo me hacía crear.

Me creaba esperanza al borde de la cama.  En la eterna noche, para que esta cubriera las lágrimas con su oscuro manto.  Para camuflar mi triste rostro entre las sombras de su clavícula cuando regrese...  Si regresa. Pero no lo hará.  Y quiero chillar con desesperación que la muerte no es más que el paso del tiempo. Y que no es locura en si misma. Pero me la provoca.

Más soledad que no tenerte

Ojalá hubiera nacido poeta para desnudar tu alma entre mis versos. 
Para que sonaras tan difícil, triste y rota como era amarte. 
Para hacerte más frágil aún.
Eres muerte y destrucción, da igual, de todos modos tan mía. 
El amor es frágil y nosotros jugamos demasiado con él. 
Ahora somos tan rotos que nos dolemos. 
Eres tan rosa con espinas, y aun así te abrazo. 
Demasiado triste para este mundo. 

Y este mundo demasiado triste sin ti...

Ella

Le dije que el mundo era pequeño y que giraba demasiado rápido, que éramos efímeras promesas susurradas en lo más profundo de un oscuro callejón y que íbamos a morir al amanecer. Ella asintió y aceptó el beso con gusto. Y entonces lo supe, estábamos destinados a morir. A mí me gustaba demasiado vivir al borde del acantilado y ella seguía andando por la carretera de su vida, tan fría y tan solitaria, y tan atrapada en ella misma que no podía avanzar. La luz amarillenta de las farolas ilumina las calles desiertas y veo su rostro en todas partes, siento sus labios en la piel y su mano junto a la mía. Andamos en silencio como figuras que parecen más bien sombras balanceándose, que están y no están. Pero nosotros estamos. Aquí. Yo junto a ella y ella junto a mí. Andamos y andamos y la noche se hace eterna, ella se ríe y yo me río. Se oye el río, cada vez más, y sin darme cuenta regreso a aquella noche de verano. Su silueta baila en la noche oscura y la luna es ahora la única que nos permite ver. Estamos lejos de la ciudad, perdidos en la montaña, cerca de un río del cual fluyen recuerdos como el agua bajo esta pálida luz. Oigo como se ríe. Y eso me gusta. Recuerdo la última vez que estuve allí con ella, nos sentíamos tan eternos riendo uno junto al otro y acariciándonos bajo la fría agua de aquel río. Para finalmente terminar acurrucados sobre una roca bajo la misma toalla, somnolientos y enamorados, tan inocentes. Pero, como ya he dicho, nuestra historia muere con el amanecer. Y cuando los primeros rayos del sol atraviesan la ventana, y yo abro los ojos, el sueño explota como una burbuja de jabón y me doy cuenta que estoy solo. Ella nunca estuvo conmigo.

Dialelo recíproco

Adiós mi amante de palabras sencillas y despreocupadas, 
              pero complejas como los garabatos de mí mente. 
Adiós maldito amante de grandes sueños inalcanzables,
               y esperanzas vacías que me atormentan. 
Adiós maldito amor y ansias de tenerte, y amarte una última vez. 
              Ya que siempre somos la última vez, pero esto jamás termina. 

De una vida que se resume en un día

Vuelves a caminar sobre el agua que te ahoga, vestida de tu misma piel.
A la desnudez de un cuerpo vestido sobre cortes y dolor. Cómo no.
Vuelves a la cueva de tú corazón a hibernar y dormir sobre el mismo lecho de soledad.
Como si la vida hubiera sido nuestro verano, y nosotros dos sólo invierno.
A lo lejos aquella voz que siempre te llama y jamás te deja.
A pesar de que cortamos la cuerda de la que nuestros sueños culegan.
Y nos castigamos y enjaulamos a nosotros mismos en la prisión de la indiferencia.
Esperando que los muros caigan y podamos respirar, o aprender a hacerlo, otra vez.
Amar como si fuera la primera vez y no temer al dolor que trae consigo la perdida.
De arrepentimiento se han creado nuestras penas y muros más altos.
Porque así somos. Vivos. Arrepentidos. Efímeros. Y cada día aprendiendo a vivir.

Y lo voy a hacer, amado

Viviré al borde del acantilado, porqué quemaré la prisión en la que vivo.
Me ahogaré en el mar, porqué quiero tocar hondo y después aprender a respirar otra vez.
Haré de mis tormentas el día a día, porqué así tú harás mis noches.
Soñaré sin siquiera cerrar los ojos, porqué voy a viajar allá dónde tú nunca estuviste.
Cantaré nanas bajo la eterna luz de luna, porqué así el silencio no nos volverá locos.
Viviré muerta para acercarme poco a poco al acantilado del cual quiero partir, y huir.

Haz silencio que llegas muy tarde

No hables ahora que el mar ha borrado nuestros nombres gravados en arena,
Ahora que las palabras se vuelven delgadas cortinas de humo y me ciegan,
Ahora que no hay brújula que sepa cual es mi norte.
No hables ahora que estoy aprendiendo a andar sin temor a perderme,
Ahora que he aprendido a respirar cuando me estoy ahogando,
Ahora que entre los gritos de mi cabeza se hallar la paz.
No hables ahora que el tiempo ha hecho de las suyas entre nosotros.
Ahora que los pájaros vuelven a cantar tras el frío invierno.
Ahora que tú voz es solo un murmullo que desea no caer olvidado.
No hables ahora pues tus palabras no pueden llevarme de vuelta a casa.
No hables ahora que en el horizonte empieza a verse luz y no hay tristeza en el Sol.
No hables ahora que el tiempo corre sin prisa. Y yo corro junto a él.

Suicidas sin valor

Que como idiota espero en el suelo a que el odio vuelva a recorrer mis venas, conteniendo la rabia en mis manos, que como locas esperan que los cortes calmen la sed. Me rompo poco a poco como un cristal cayendo en el vacío, como el espejo que deseo estrellar contra el suelo para multiplicar mi reflejo en mil chicas de las cuales ninguna soy yo. ¿Quieres saber el porqué? Porque he dejado de buscarme y ahora no soy más que el reflejo de tus deseos sobre mi cuerpo. Porque ahora ya es tarde y no puedes sacarme de esto. No digas nada, que se que sentirme mal es un vicio, pero esa es la única manera de sentirme. Sabes que no quiero cruzar la fina línea que me diferencia de un recuerdo, pero olvidas que a cada segundo esta dejando de importarme. Ten en cuenta que de todas formas mis días están contados y tú no quieres salvarme, que últimamente el tiempo no hace más que ir contra reloj y el tic-tac de mi mente no me deja vivir en paz. 

Flores marchitas sobre una lápida aún vacía

Romper tú muro de indiferencia. 
Y oír de tus labios que me quede, 
Que no eche a volar,
Que ni lagrimas ni sangre arreglaran esto.
Sin embargo, se que no eres así y jamas lo oiré. 
Pero créeme sin ti yo volaré. 
Volaré lejos de tú indiferencia...
Así que no me cortes las alas.
Tan solo lleva flores a mi tumba, 
Contén el aliento, y no oses decir que me quisiste. 
Tú callaste las palabras que me devolverían la vida.
Ahora ya puedes qudártelas.
Y que con suerte te ahoguen, 
Como a mi me ahogó tu puto silencio.

Sonrisas en días escasos de vida

Tal vez me conozcas porque visto de negro y camino a paso lento con un cartel que dice "Adiós" colado del cuello. Sucede que el sol me quema y su claridad ya no me serena. Sucede que prefiero buscar estrellas en la oscuridad porque cuando exploten no me arrastraran consigo. Y a veces alguna noche trae paz consigo y entonces entran las dichosas estrellas abriéndome de par en par el pecho y desangrando tristeza. Sin dejar rastro alguno de las lágrimas que derramé.

Y, por fin, he vuelto a sonreír.

Vosotros de agua y yo tan ahogada

Te escribo porque ha regresado la chica de cristal,

Aquella que se peina el alma frente a la ventana mientras la lluvia tararea canciones tristes. Cuya expresión a veces se vuelve de ruego y que con ojos humedecidos nos recuerda a la más primitiva soledad. Tan ensombrecida y ausente, tan teñida de un melancólico azul océano que dan ganas de perderse en ella. Y es que de nuevo la felicidad la ha subido al trampolín más alto para reír mientras tropieza y cae corazón abajo; para después quedarse tendida y pensativa contra el suelo, con ganas de atar sus pies a tierra, porque bien atado nadie cae. Y a veces hay algún chico gaviota, que junto a ella está destinado a morir ahogado. A veces hablan y otras se arrojan a la soledad y buscan otros mares de los que enamorarse sin razón. Y, a veces, si la encuentro, le digo que yo también me siento así y entonces me cuenta como conoció al chico de agua que la enamoró de la soledad. Y entonces yo le explico como te conocí a ti.

Un dulce adiós para ti, Chico Trampolín.

La llaman Destino

La oí llamarme una vez más
entre susurros apagados, 
entre calles desconocidas. 
Huía.
Y corrí tras ella hasta quedar sin aire.
Hasta sentirme retorcer.
Persiguiéndola,
siendo consciente de que ella
siempre iría un paso por delante de mi.


Y la seguí, porque ella necesitaba que la siguieran,
y yo necesitaba perderme en ella.